Gran Incendio de Valdivia de 1909 Imprimir E-Mail
Escrito por Fernando Echevarría Rodríguez   
miércoles, 04 de enero de 2006

13 y 14 de diciembre de 1909

EL PEOR INCENDIO EN LA HISTORIA DE CHILE

             El gran incendio de 1909 es la fecha más triste de toda nuestra historia – a decir del historiador, Padre Gabriel Guarda Geywitz -  porque es el más grande acaecido en ninguna ciudad de Chile. Empezó en la calle Ramón Picarte a la altura del actual número 343, siguió a la plaza. Siete horas después, a las siete de la mañana del 14 de diciembre de 1909 el incendio había consumido 18 manzanas edificadas. Llegó hasta las lanchas cargadas de mercaderías en el río por el fuerte viento reinante. Se desplomaron también los edificios de la calle Prat; ardían los tablones de las calles y hasta árboles y casas de la isla Teja sufrieron daños.

            Llegaron Bomberos de Temuco, Osorno, además del ejército a combatir el siniestro.

           El Presidente Pedro Montt y el Ministro del Interior, don Ismael Tocornal, llegaron a la ciudad para prestar socorro a la población.

           Los afectados eran personas del centro, acomodadas y lo pobres no sufrieron tanto. Todo el centro: bancos, residencias, Intendencia, Iglesia Matriz y Obispado reducidos a cenizas.
 

 Interior de la Iglesia Matriz.

           Después de él surge una nueva Valdivia, con malecones de cemento, redes de agua potable y alcantarillado y pavimentación.

           Se cierra un ciclo histórico en que la ciudad había alcanzado gran progreso, para renacer nueva como el Ave Fénix, hacia el siglo XX.

                                                EL  AVE  FÉNIX

             Según la mitología antigua, el Ave Fénix era única en su especie y tenía la característica de dejarse quemar en una hoguera para luego volver a renacer de sus cenizas.

             En sentido figurado se usa la imagen mitológica para comparar la labor tesonera de los hombres o pueblos que, haciendo acopio de las energías espirituales y físicas del ancestro, logran sobreponerse a los grandes desastres de su historia personal o colectiva.

             Nada más oportuno, pues en la “Noche Triste” de Valdivia del 13 de diciembre de 1909, cuando las llamas devoraron en un incendio sin precedentes en la Historia Nacional, el corazón, el nervio y hasta – nos atrevemos a afirmar – el cerebro, de su organismo esforzado y tesonero, comparar la resurrección mitológica con este episodio singular de la historia valdiviana.

             En efecto, en esa ocasión, Santa María la Blanca de Valdivia amaneció aquel lejano 13 de diciembre, vestida con el luto de sus tizones y con los harapos de su grandeza, habiendo pasado por el martirio del fuego purificador y creador, a la postre, de un orden nuevo de trabajo y de progreso.

             El ciclo histórico que comenzó con la colonización alemana de 1850, se cerró en 1909, para dar paso a una ciudad pujante, con una fisonomía nueva, orientada especialmente hacia la industria y el comercio, actividades que crecerían en progresión geométrica, para culminar nuevamente en 1960, con otro desastre de proporciones, producido ahora por la naturaleza, pero no por ello menos original y único en sus características y repercusiones. Es curioso observar cómo los factores humanos se conjugaban como fuerzas manejadas por una mano invisible para orientar rumbos a las colectividades urbanas.

             En este sentido, Valdivia puede servir de modelo a la geografía humana por su desarrollo en ciclos, en cuyos extremos hay fenómenos de magnitud tal que han transformado fisonomía una y otra vez.

             La nueva etapa histórica iniciada en 1909, empezó simplemente como un incendio más, a las 00:30 horas de aquel día fatídico, cuando las campanas de alarma indicaban como sitio amagado la propiedad de don Max Montecinos, arrendado por Teófilo Seiter y a la sazón deshabitada, en calle Ramón Picarte a la altura del 323. Nadie pudo imaginarse las proporciones que habría de adquirir el siniestro, con la complicidad del fuerte viento sur reinante y del frágil material de las construcciones de aquellos tiempos. El deforme Vulcano, Dios del fuego, había encontrado un aliado poderoso que impulsaría sus lenguas ígneas como verdaderos torbellinos de venganza por la primera cuadra de Picarte – a ambos lados de la calle – para seguir luego por Camilo Henríquez hacia la propiedad de don Carl Ewertz, que ocupaba la esquina del actual edificio Prales. Esa cuadra y las que continúan la calle Pérez Rosales o de San Francisco, fueron rápidas presas de las llamas, consumiéndose con  facilidad las manzanas de la Imprenta Borneck, Intendencia y Obispado, para continuar en su camino voraz y desvastador hacia el río.

 UN TRONO PARA EL DIOS DEL FUEGO

             A estas alturas de la ciudad era el infierno mismo del Dante y es facil imaginar que las propiedades desde la Aduana hasta Williamson Balfour (ex –Escuela Técnica) y desde Independencia hasta Avenida Prat , sirvieron de trono al dios del fuego que veía reflejada su furia en el río, transformado en refugio – poco seguro también – de “la colosal catástrofe”.

             Dicen la crónicas de la época que fueron 18 manzanas consumidas por el fuego, pero en el plano levantado en enero de 1910 por don Lorenzo Claro Lastarria, ingeniero civil liquidador de las compañías de seguros, se puede apreciar con toda claridad, que son 20 manzanas completas, o sea el nervio motor de nuestra economía. Milagrosamente se salvaron de de ser reducidos a escombros edificios como el Banco Alemán Trasatlántico y el Banco de Chile. Este se mantuvo tal cual hasta el sismo de 1960 y con la altura de más de un metro sobre la plaza que tenía también la ex – catedral y la Intendencia. La plaza misma tuvo que ser rebajada para su nueva remodelación cuentan los antiguos, que era de rigor para los niños de la época, jugar en el hoyo preparado para recibir el actual kiosco, instalado más o menos en 1912.

De la magnífica casa Waschsmann quedó solo la fachada.

             El edificio Wachsmann “esplendido establecimiento, se defendió heroicamente dentro de sus altas murallas de cal y ladrillo, pero el enemigo era más fuerte que él y lo redujo también a la nada”. En el plano económico, los saldos dejados por el siniestro afectaban a numerosas firmas que, si bien tenían seguros comprometidos – en moneda nacional y extranjera – no es menos cierto que las pérdidas superaban con creces a esa compesación.

             Según la edición especial de “El Correo de Valdivia”, aparecida el 16 de diciembre, número suelto N° 4.172, el total de pérdidas  subía de los 20 millones de pesos de ese entonces.

             E fuego había empezado…¿inocentemente?...en la noche del domingo, pudo ser dominado sólo en la tarde del lunes.

             En consecuencia Valdivia estuvo entregada más de 15 horas a las llamas y las siete Compañías de Bomberos, sus Voluntarios y los solidarios de Temuco, Osorno, La Unión, Gorbea, Loncoche no daban abasto y no tenían respiro.

  

LA EPOPEYA BOMBERIL

             Una tarea sobrehumana  cumplieron los Voluntarios valdivianos. A pesar del infierno que enfrentaron, salieron adelante.

             “Sus materiales quedaron inutilizados o muy averiados”. “Verdaderas oleadas de fuego – dice don Santiago Schüller, Comandante del Cuerpo de Bomberos en su informe al Superintendente – pusieron en peligro la vida de los voluntarios, los cuales envueltos en un mar de llamas que pasaban sobre sus cabezas y que se estrellaban en los edificios, tuvieron que retroceder varias veces, perdiendo parte considerable del material”.

Lo que quedó del Hotel Castaing y los almacenes de Aduana.

             Distinguidos vecinos – bomberos abnegados en aquel siniestro – y sobrevivientes a esta catástrofe reciben hoy emocionados el homenaje de sus conciudadanos, al reconocer en ellos, el valor, desprendimiento generosidad y sacrificio de todo el cuerpo, de los llamados caballeros del fuego. Son ellos: don Teodoro Rudloff Smith, de la Primera Compañía; don Santiago Adriazola, de la Segunda Compañía, maquinista incansable que, durante los días del siniestro no reconoció fatiga, cumpliendo con su deber con actitud ejemplarizadora; don Max Riedemann Braeuning, de la Sexta  Cía. Y don Prudencio  Garrido Salazar, de la Quinta Cía. Para ellos, la gratitud de Valdivia entero.

             En cuanto a material se refiere la adquisición de la potente Bomba Valdivia, fue la mayor conquista y el orgullo de los bomberos valdivianos por largos años, dada su potencia que equivale a todas la compañías juntas.

    
 Así era la calle Independencia hasta antes de la “Noche Triste” de Valdivia.

Calle Independencia en escombros.

Plano del Gran Incendio de Valdivia de 1909:

 

Fuente:
Suplemento: "El Siglo XX de Valdivia",  Fin de Milenio de El Diario Austral Valdivia.
Autora: Profesora de Historia Sra. Digna Rodríguez Lamas.
Publicado el 31 de diciembre de 1999.

 

Modificado el ( martes, 15 de marzo de 2011 )
 
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